»2079» EXHIBITION // Pabellon 4 // Curada por Tania Puente / 2025

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2079

La madera cruje. Un hombre atraviesa el portal. Se precipita por la escalera hacia un terreno desconocido y abierto; sin embargo, sus pasos son veloces y certeros, como si ya conociera el camino, como si supiera desde siempre hacia dónde ir. Con el brazo al frente, empuña una bandera en mutación que, o bien se materializa, o desaparece.

¿Es este el final o el comienzo?

En 2079, Pedro Perelman presenta un conjunto de obras pictóricas y escultóricas que exploran un futuro distópico en donde el trabajo, las relaciones sociales y la identidad se ven atravesados por un sinfín de derivas siniestras de la alianza forjada entre la tecnología corporativa y el capital.

En sus paradójicos escenarios sin horizonte, Perelman despliega la materia cruda de una pesadilla, en cuyas entrañas se cocina un sopor febril y sombrío, habitado por una serie de personajes herederos de un surrealismo remixado bajo la Cruz del Sur. Los misteriosos seres zoomorfos se mezclan con perros callejeros robot que hurgan la basura en busca de comida, mientras que falsos profetas de neón polvoriento predican sin palabras en ánimos comatosos. El anacronismo que emerge en la superposición de referencias y ventanas corta con una perspectiva histórica lineal y nos enfrenta a una simultaneidad caótica. Este mundo es un organismo complejo e híbrido, cuyos ritmos parecieran acoplarse caprichosamente a un equilibrio oculto y absurdo.

El Trabajador, una figura recurrente en el imaginario de Perelman, ocupa una posición central y encarnada en estas obras, en tanto su propio cuerpo se convierte en el lugar de producción de significado. Ataviado la mayoría de las veces con su característico sombrero, el Trabajador tiene una identidad ubicua, es uno y todos, miniaturizado y atareado, explotado y oprimido, monumentalizado, convertido en industria, en la mismísima fábrica, en el año 2079. «Capital humano», sin metáfora que medie en el carácter sanguinario de este postulado. O, podríamos decir, «Capital transhumano», que consiste en la optimización tecnológica de los cuerpos humanos y no humanos mediante implantes, prótesis y modificaciones genéticas para fines meramente económicos. En Neuralink, un reciclador está interconectado a su caballo cyborg mutante de tres ojos, cuyas modificaciones, lejos de responder a la mejora de la vida de tales seres o a achicar la brecha de desigualdad, perpetúan su ominosa explotación.

Aún así, el Trabajador como figura colectiva encuentra la manera de echar a andar sus tácticas y ardides como fugas a este dominio tecnificado. El ladrón de paltas es un ejemplo de ello: este robot se encarga de robarlas y venderlas en la vía pública. En el humor que permea su función fáctica, se consolida una crítica implacable a las condiciones de existencia socioeconómicas, al tiempo de poner en práctica el desvío, de alterar el orden impuesto y de tramar complicidades con las máquinas en este escenario.

La madera cruje. El Trabajador vuelve a atravesar el portal. Un nuevo portal. Se precipita por la escalera hacia un terreno desconocido y abierto; sin embargo, sus pasos son veloces y certeros, conoce el camino, sabe hacia dónde ir. Con el brazo al frente, empuña una bandera que no es ni material ni evanescente. Un símbolo espectral. No hay final, ni comienzo, sino intervalos. Intermitencias. Discurre por los tiempos en busca de sentido, de un atajo, de una reivindicación, sin intenciones de detenerse.

Tania Puente, mayo 2025

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